¿Qué ocurre si sistemáticamente le damos al niño un dispositivo electrónico cada vez que llora o se enfada?

1. Estaremos premiando su comportamiento. Por lo que será más probable que el niño utilice la rabieta como un modo para conseguir lo que quiere.


2. No aprenderá a manejar la frustación. El motivo de la rabieta seguirá ahí. El niño no aprenderá a afrontar un “No” y tampoco aprenderá a controlar sus emociones.


3. Pasará demasiado tiempo delante de la pantalla. Esto afecta sus niveles de atención, acostumbrándolo a recibir una gran cantidad de estimulación, desmotivándose al volver al ritmo de la vida real. No estarán interactuando con otros niños de su edad y tampoco disfrutarán de tiempo de calidad con sus padres.


4. Al negarle el dispositivo, éste se convertirá en un estímulo desencadenante de berriches y pataletas, incrementando la conducta. Pero… ¿Cómo manejar una rabieta?  Una rabieta es una reacción exagerada con gritos y llanto para conseguir algo. Lo primero que hay que hacer es hacerles saber que mientras griten no podremos entender lo que nos quieren decir. Dar ejemplo manteniendo la calma y sin alzar la voz.

5. Hablar con ellos (Discurso concreto) para gestionar la demanda. Saber qué es lo que quieren es esencial. Puede ser que tengan un malestar real o que sea un simple capricho. Si es un capricho, es importante NO CEDER a lo que nos piden, así evitaremos que se acostumbrarán a tener gratificaciones inmediatas a través del uso de berrinches y pataletas.

6. Hacerle saber que con la rabieta no conseguirá nada y que sólo logrará sentirse mal.

7. Evitar brindar más atención de la necesaria, restando importancia al berrinche.

Control de berrinches y pataletas. Conceptos básicos.

Para poder comprender el proceso inmerso en el manejo y control de conductas, es necesario conocer y entender algunos conceptos básicos, que ayudan a ubicarse y a detectar posibles debilidades que como padres, docentes y adultos significativos podemos tener… Uno de ellos y quizás el más común, es lo que en conducta y psicología conocemos como: “Reforzamiento intermitente”. Pero, para poder entenderlo es necesario hacer mención al “Condicionamiento Operante”, que es un tipo de aprendizaje asociativo basado en la relación de conductas y consecuencias positivas o negativas. Existen distintos tipos de condicionamiento operante:

Refuerzo Positivo: Si al realizar una conducta determinada se obtiene una recompensa (Refuerzo), existen mayores posibilidades de que ésta conducta se repita en el futuro.


Castigo Positivo: Cuando se realiza una conducta y se obtiene una consecuencia no deseada (Castigo), habrá menos posibilidades de que se repita en el futuro.


Refuerzo Negativo: Si realizar una conducta concreta conlleva reducir o eliminar una consecuencia no deseada, habrá más posibilidades de que se repita esta conducta en el futuro.


Castigo Negativo: Si al realizar una conducta concreta perdemos un refuerzo, habrá menor probabilidad de que se repita esta conducta en el futuro.


Extinción: Cuando se emite una conducta y ésta es ignorada, es decir, no tiene consecuencias habrá menos probabilidades de que se vuelva a realizar… y, ¿dónde queda el reforzamiento intermitente en esta clasificación?. 

Este tipo de condicionamiento puede verse como una “mezcla” de todos los anteriores. Puede ser que cuando un niño emite una misma conducta, (Por ejemplo llanto), en algunas ocasiones, se le refuerce, en otras se le castigue y en otras se le ignore. ¿Qué ocurre entonces?, como es de suponer, esta incoherencia causa un conflicto en la mente del niño sin saber qué hacer y qué no hacer.

El problema principal es que el reforzamiento positivo es el más poderoso de todos los tipos de condicionamiento operante, por lo que, aunque la conducta haya sido castigada o ignorada en otras ocasiones, prevalecerá la idea de que, alguna vez, obtendremos la recompensa. Es por esto que las personas que sufren de ludopatía siguen apostando una y otra vez; es por esto que nuestras mascotas nos dan con la patita durante las comidas para que le demos un trocito de eso que huele tan bien y que probaron una vez y es por esto que los niños patalean, chillan y lloran cuando quieren algo que alguna vez le dimos y que esta vez le estamos negando.

En normal que ante una pataleta, padres, docentes y adultos significativos terminemos cediendo y dando al niño aquello que desean. Esto es una solución rápida frente a la conducta de pataletas o berrinches, pero como ya sabemos, no es más que otro reforzamiento positivo de una conducta que queremos evitar. Ahora bien, una vez instaurada la conducta de berrinche o pataleta ¿cómo podemos disminuirla o extinguirla?, Mediante el uso correcto de la “Extinción”. Como en cualquier otro proceso de aprendizaje, debemos ser constantes y coherentes, aunque nos cueste muchas miradas de desaprobación, juicios y mucho llanto… es importante que el niño aprenda que su conducta no será recompensada y que por tanto es mejor dejar de realizarla…

Por otra parte, es fundamental que el control y extinción de la conducta no deseada se complemente con el uso del “Reforzamiento positivo” de otra conducta deseada. Por ejemplo: si después de ignorar una pataleta en el supermercado y una vez de que el niño se haya calmado observamos que colabora colocando las compras en las bolsas, debemos felicitarlo con un discurso breve y acorde a la edad.

En resumen, la mejor estrategia para evitar una pataleta es sin duda ser cariñoso, claro y coherente.

Msc. Dayana Carrillo

Terapeuta Conductual

¡No es mi hijo!… es el Trastorno Oposicionista Desafiante.

No es un secreto que cada vez son más los casos de niños con conductas disruptivas y padres que se declaran incapaces de controlar a sus hijos

Este trastorno es definido por el DSM-V como un patrón recurrente de comportamiento negativista, desafiante, desobediente y hostil dirigido a las figuras de autoridad.  El TOD puede manifestarse con alguna o varias de las siguientes características:

– Episodios de cólera. Se molestan e irritan con frecuencia, siendo común las rabietas de todo tipo, debido a que se frustran con facilidad o pierden la paciencia.

– Discuten constantemente con los adultos y desafían las reglas sociales y familiares.

– Suelen ser provocadores, intentando molestar e importunar deliberadamente a las personas en su entorno.

– Culpan y reprochan a los demás de sus propios errores, llegando a mostrarse resentidos con todo lo que les rodea y/o vengativos.

– Utilizan un lenguaje obsceno. Cuando se enfadan utilizan palabras hirientes, con la intención de hacer daño.

– Llegan a ser manipuladores, a decir mentiras e incumplir acuerdos.

– Pueden tener problemas académicos.

Muchos de los niños (as)  pueden presentar características similares con este trastorno, sin embargo son ocasionales, poco marcados y propios de la edad lo que ocasiona que padres, docentes e incluso pediatras desestimen tales manifestaciones de la conducta, argumentando que esto pasará con la edad, que se debe dar tiempo y esperar.  Grave error, pues las manifestaciones conductuales pueden incrementarse e instaurarse producto de un manejo errático del entorno. Situación que se hace cada vez más común y que repercute en la incidencia de este trastorno. No es un secreto que cada vez son más los casos de niños con conductas disruptivas y padres que se declaran incapaces de controlar a sus hijos.

Lo recomendable es no esperar a que el niño altere sus entornos para considerar ir a Terapia, siendo importante estar atento en caso de que la frecuencia, intensidad y duración de la conducta incremente. En este caso aplicará el criterio de “urgencia”. Para un correcto abordaje del TOD en muchos casos se requerirá de un trabajo en conjunto con el neurólogo infantil.

Si bien es cierto que en materia conductual no existen formular mágicas y que desde el Paradigma Congnitivo – Conductual el abordaje requiere adaptar las técnicas a cada caso, existen algunas recomendaciones generales que contribuyen a  un mejor manejo del entorno con respecto al niño que presenta características dentro del TOD:

– En primer lugar conviértete en un gran observador de tu hijo: Analiza el contexto, identifica la causa de su molestia o rabieta, evalúa las posibles consecuencias inmediatas, determina si estas fueron o no reforzadoras. 

Una vez analizado el entorno y las reacciones del niño, evalúa tus propias reacciones: ¿Eres un reforzador más de la conducta de tu hijo?: ¿Gritas, te molestas, pierdes la paciencia, lo castigas con frecuencia, te desesperas, lloras, no lo escuchas, llegando a convertirte en un modelo?.

¿Le brindas exceso de atención, lo consientes y accedes a lo que pide para evitar que continúe con el berrinche?… O por el contrario, ¿Actúas con coherencia llegando a manejar tus propias emociones?.  Es importante que identifiques cómo es tu reacción ante las conductas de tu hijo,  ya que esto será fundamental en la modificación de la conducta.

– Evita perder el control: Cuando esto sucede, el adulto cede su autoridad al niño, quien aprende a manipular y a usar esa pérdida de control del adulto a su favor para obtener lo que desea, mediante el incremento de su conducta. No en vano el niño grita cada vez con más fuerza o llora con más frecuencia llegando, incluso, a “hablar – llorando”.

– Evita acceder a todas sus demandas: En especial a aquellas que son manipulatorias y que ya sabes no son prioritarias sino que son por capricho, no obedecen a situaciones de salud y/o bienestar físico y/o emocional. Recuerda que en el proceso de interacción con el entorno el ser humano “aprende” a usar sus conductas para “obtener” lo que desea.

– Define normas y límites dentro y fuera del hogar. Los niños necesitan de estas dos figuras para poder sentirse seguros y actuar en consecuencia. Un niño que no sabe lo que se espera de él, se confunde y  un niño confundido comienza a emitir conductas disruptivas. Recuerda: El adulto eres tú y eres el único responsable de hacer que las normas y los límites se cumplan, teniendo en cuenta siempre que para esto no será necesario que te conviertas en un adulto dictador o maltratador. La autoridad se ejerce desde la coherencia y el amor, aunque como adultos nos cuente aceptarlo, probablemente porque el patrón de autoridad que tenemos fue el que aplicaron nuestros padres cuando éramos niños.

– Ejerce el binomio autoridad –  afecto con equilibrio: ¿Por qué aquellos docentes de más carácter son los más queridos y recordados del colegio?, simplemente porque saben ejercer el binomio con coherencia y equilibrio, manteniéndose firmes ante la aplicación de las consecuencias lógicas derivadas de las conductas de sus alumnos y brindando amor y manifestando afecto cada vez que la situación así lo permite. La autoridad no se negocia y no se ejerce desde el maltrato, la violencia y el abuso de poder, se ejerce desde la calma, el control de las emociones del adulto y el amor.

– Mantente firme y desde el control de tus emociones: Por ejemplo, si ya le has indicado a tu hijo (a) que no puede tocar tus cosas y reiteradamente lo hace, lo que te lleva a castigarlo, gritar, perder la paciencia e incluso pegarle; no estas ejerciendo el binomio autoridad – afecto con equilibrio y no por gritar o castigar estás siendo firme, sino que estás convirtiéndote en un factor reforzador de la conducta de tu hijo, haciendo que se incremente y se repita.

El ser firme lo logras desde el control de tus emociones y manteniendo las decisiones o consecuencias lógicas que se generan de las conductas disruptivas de tu hijo. Evita convertirte en uno de esos padres que castiga y luego por sentimiento de culpa levanta el castigo o intenta enmendar la situación a través de la administración de algo material, (Regalos).

Los berrinches y pataletas se presentan en niños entre 1 y 3 años de edad por lo general cuando están cansados, hambrientos, molestos o incómodos. Pueden ocurrir cuando no pueden conseguir algo (como un juguete o atención) que desean. Aprender a afrontar la frustración es una habilidad que los niños van desarrollando con el paso del tiempo y la adecuada actuación de las personas del entorno.

Las rabietas se hacen más frecuentes hacia los dos años, cuando los niños están empezando a comunicarse. Debido a que los niños de 1 a 3 años aún no pueden expresar con palabras lo que quieren, sienten o necesitan, las experiencias frustrantes le pueden provocar rabietas. Conforme van mejorando en sus habilidades de comunicación, estos episodios tienden a disminuir.

Los niños de entre 1 y 3 años desean tener más independencia y más control sobre su entorno, lo que puede provocar luchas de poder. Por ejemplo el niño piensa “lo puedo hacer yo solo” pero el adulto no se lo permite, lo que será suficiente para desencadenar la conducta de pataleta.

Lo importante es saber que las manifestaciones conductuales tipo berrinches o pataletas entre el primer y tercer año de vida son esperadas para la edad y que al ser abordadas de manera adecuada por el adulto disminuyen hasta eliminarse entre el tercer y cuarto año. Más allá de estas edades, si estos episodios no disminuyen sino que se mantienen o incrementan, será necesario buscar ayuda profesional.

De igual forma, será necesario que los adultos tomen en cuenta estas recomendaciones para canalizar su propia frustración al tener que enfrentar situaciones dentro del trastorno oposicionista desafiante:

– Las pataletas, sobre todo en lugares públicos, son desconcertantes, por lo que es importante recordar que nosotros no somos capaces de controlar cómo van a reaccionar los niños, pero sí podemos controlar nuestras propias reacciones. Mantén la calma. Respirar es un buen mecanismo para lograrlo.

– Evita elevar el tono de voz, esto contribuye a que no crezca la tensión.

– Ayuda al niño a expresar en palabras lo que está sintiendo.

–  En ocasiones es necesario entender que lo mejor es permitir que el niño llore y drene su molestia.

–  No te enganches. Muchas de las pataletas se originan por el enganche absurdo de un adulto con un niño que necesita en ese momento expresar su molestia. Obsérvalo antes de empezar a emitir comentarios que no ayudan.

– Para prevenir las batallas cotidianas y evitar que el niño controle la rutina familiar ofrécele  opciones al niño que desea ejercitar su recién descubierta autonomía.

– Anticipa situaciones. Si ya sabes que cierto estímulo desencadena conductas, intenta controlarlo o eliminarlo evitando episodios de berrinches.

Msc. Dayana Carrillo

Terapeuta Conductual

El miedo en los niños. ¿Cómo lo ayudo a superar sus miedos?.

Los miedos cumplen con un patrón evolutivo y van cambiando de etapa en etapa

¿Miedos?… ¿temores infantiles?… Lo primero que debes saber para poder calmar tu angustia como padre es que el miedo es “normal”, es un fenómeno universal en el desarrollo evolutivo del niño y que como toda conducta puede estar condicionada. El condicionamiento del miedo es un aprendizaje de tipo pavloviano, donde un estímulo predice la presencia de un evento o peligro real o imaginario generando en consecuencia respuestas fisiológicas y conductuales.

Expertos en el área afirman que esta “regularidad” representa un componente importante de valor adaptativo para la especie y su superviviencia, es decir, estas sensaciones y emociones desagradables que experimentamos desde niños cumplen una función vital que nos mantienen alerta ante situaciones de potencial peligro.

Cuando este miedo sobrepasa la “normalidad” y llega a ser desadaptativo, la consecuencia se evidencia en conductas inoperantes que van unidas a otras de angustia y sufrimiento tanto en los niños como en los padres y adultos significativos.

El miedo, puede entonces condicionar su funcionamiento, alterando la capacidad para enfrentar situaciones cotidianas: asistir al colegio, dormir, visitar al doctor, entre otras.

Definir el límite entre un temor “normal” y uno “patológico” no siempre es tarea fácil y dependerá de la etapa evolutiva del niño, el motivo del temor y sus circunstancias, así como la intensidad, frecuencia, angustia y grado de inoperancia que se presenta en el niño.

Hasta este punto, la primera recomendación es estar atentos al grado de intensidad, frecuencia e inoperancia de los temores que evidencian los niños y adolescentes, con el fin de canalizarlos de la manera más adecuada a través de conversaciones acertadas y adaptadas a la edad, estableciendo empatía con nuestros pequeños y evitando hacer burlas o juicios.

Más allá del condicionamiento que puede presentarse en los niños asociados a los miedos “normales” en la infancia, los expertos identifican algunos factores que pueden incidir o potenciar de manera significativa esta etapa:

Comunicación negativa: La información o instrucción negativa suele ser uno de los factores que potencian los miedos y la ansiedad en los niños, ya que la capacidad de convicción estará asociada a la importancia que tenga la persona que emite la información, en la vida del niño.

Patrones familiares: Según algunas investigaciones, aquellos padres que han desarrollado trastornos de ansiedad o temores suelen tener hijos con los mismos patrones, pues los adquieren por modelamiento.

Por condicionamiento: Suele presentarse cuando el niño experimenta una situación importante de riesgo o peligro, por ejemplo, si un pequeño fue mordido por un perro mientras jugaban es probable que en el futuro al ver un perro o al escuchar sus ladridos, emita una conducta de miedo y rechazo.

Experiencias vitales o traumáticas: De igual forma, un posible factor generador de miedos pueden llegar a ser las experiencias desagradables o traumáticas; como presenciar discusiones, gritos, peleas o situaciones que le impacten emocionalmente. Esto incluye películas o programas con imágenes de violencia o terror no acordes a la edad del niño, que le impiden diferenciar la fantasía de la realidad.

Es importante hacer un seguimiento objetivo de las conductas que el niño emite asociadas a miedos o temores, delimitando hasta qué punto son “normales” o inoperantes, pues estas últimas pueden derivar en trastornos clínicos como fobias o ansiedad.

Por otra parte, es necesario saber que los miedos o temores no son malos, pues nos permiten estar más alertas y reaccionar ante situaciones donde nos sentimos amenazados, cumpliendo una función adaptativa que nos hace buscar protección y en casos más fuertes “motivarnos” hasta luchar por la supervivencia. Esto se debe a que las sensaciones desagradables que experimentamos al tener miedo, nos alejan de peligros reales que pueden afectar nuestra vida o la de los demás.


El miedo puede considerarse como un sensor que advierte de un riesgo vital o peligro. Cuando detectamos un estímulo o situación que amenaza nuestra vida o equilibrio, entre otros procesos de adaptación o ajuste, se genera el miedo; que cumple con su función adaptativa al alertarnos para emitir alguna conducta que nos distancie de dicho estímulo de amenaza.


La mayoría de los especialistas definen dos tipos de miedos: innatos y adquiridos. Los innatos se heredan grabándose en nuestros genes y se relacionan con el miedo a la oscuridad, a los fenómenos naturales, a la muerte, etc. Los miedos adquiridos provienen del ambiente, tienen un factor cultural y de aprendizaje; miedos a determinados animales, viajar en avión, a las multitudes, entre otras.


Al sentirnos amenazados manifestamos inseguridad, temor, angustia, desconfianza, que van acompañadas físicamente con la aceleración del pulso, dilatación de las pupilas, tensión muscular, entre otras manifestaciones provocadas por la secreción de adrenalina a la sangre, desde las glándulas suprarrenales, que nos alertan y preparan para reaccionar.


Por ejemplo, si tu hijo tiene 5 años o más y está manifestando conductas de temor a los monstruos o antes de ir a dormir, te recomendamos la lectura de este cuento: “Yo mataré monstruos por tí” de Santi Balmes.

Aunque el título puede parecer agresivo, nunca dentro de la historia se busca una solución agresiva ni se utiliza la violencia para vencer el miedo a los monstruos. El título obedece a una frase utilizada por el padre de Martina (La protagonista de la historia, quien manifiesta miedo antes de ir a dormir porque es la única persona en la casa que escucha al monstruo), para hacerle saber que la defenderá de cualquier monstruo que la quiera molestar y siempre estará a su lado.

Como dato curioso, la primera edición del libro se agotó en pocas horas y a la semana se imprimía la segunda, estando actualmente en la séptima edición.

Entre las recomendaciones de los especialistas para superar el miedo a los personajes fantásticos como monstruos o brujas está la de solicitar al niño que dibuje en una hoja el monstruo que le da miedo. Después se hace lo más parecido posible en tela o fieltro y se presenta al niño con el objeto de que sea tangible y pueda tocarlo. Esta actividad de tipo creativo otorga al niño la posibilidad de darle forma a sus miedos y poder enfrentarlos de manera simple y natural.

Los miedos cumplen con un patrón evolutivo y van cambiando de etapa en etapa, sin embargo, esto no representa un riesgo en sí, ya que es un proceso natural y universal. La situación se complica cuando un miedo es excesivo e irracional afectando el desarrollo y desenvolvimiento del niño, al sobrepasar los parámetros normales.

Según la etapa evolutiva que atraviesa el niño, se encuentran algunos de los miedos más comunes… tenerlos en cuenta y reconocerlos nos ayuda a canalizarlos de una manera adecuada:

De 0 a 2 años: Ruidos fuertes, presencia de personas extrañas, algunos objetos, sitios altos, ansiedad de separación.

De 2 a 6 años: Seres o personajes como fantasmas y monstruos, animales (Especialmente de gran tamaño y que emiten ruidos fuertes), al colegio, la oscuridad, personas disfrazadas o a usar disfraces.

De 6 a 8 años: Existe una transición entre miedos imaginarios a otros más reales, fenómenos naturales y meteorológicos, accidentes, médicos: batas, agujas y sangre, daño físico.

De 8 a 11 años: Al abandono de los padres o a su separación (divorcio), a la muerte, a las relaciones sociales y las críticas, al fracaso, a la propia imagen, al desempeño académico, miedo social: perder amigos, no poder entablar relaciones de amistad, al ridículo.

Adolescencia: Miedo al rechazo y al fracaso, miedos asociados al incremento natural de las relaciones interpersonales.

Como todo proceso, superar los miedos o temores, requiere de paciencia, el apoyo de los padres y en especial de que estos controlen su propia ansiedad con respecto a las conductas que pueden estar manifestando sus hijos, ya que por lo general es esta ansiedad la que contribuye (sin intención) a magnificar e incrementar la conducta propiamente dicha.

En primer lugar, reconoce, acepta y respeta su miedo, por pequeño o insignificante que parezca. No lo minimices porque muy probablemente con esa “conducta” el niño te está expresando algo. Indaga.

Motívalo a que describa su miedo, lo que siente y que tan real puede ser. Bríndale la oportunidad de expresarse, sentir que lo escuchas y demostrarle que te interesa lo que le sucede.

Evita juzgarlo o criticarlo. Mucho menos lo castigues por sentir miedo o lo ridiculices delante de los demás. Tampoco lo compares con sus hermanos, primos o amigos “por ser valientes”. Evita exponerlo al motivo de su miedo.

Modela: acompáñalo y muéstrale que te acercas al elemento motivo de su miedo. Permite que observe que no sucede lo esperado. No lo obligues a hacerlo, sólo deja que observe. En lo posible utiliza el aprendizaje vicario invitando a otro niño a acercarse modelando la conducta esperada.

Este proceso debe ser progresivo y debe estar acompañado por el adulto hasta que el niño adquiera seguridad para enfrentarlo solo. Se recomienda realizar acercamientos progresivos al objeto que activa la conducta de temor y de ser posible asociarlo a elementos o situaciones placenteras. Recuerda reforzar de manera positiva cada acercamiento que haga hacia la superación de su miedo, por pequeño que sea: utiliza frases positivas y manifestaciones de afecto como los abrazos.


Finalmente, como padres y adultos significativos, es necesario entender que aunque deseemos evitar que los niños sientan miedo, esto forma parte del desarrollo evolutivo normal, brindando habilidades de adaptación y prevención ante diferentes situaciones. Escucha, observa, indaga y conduce el proceso según las diferentes recomendaciones de los especialistas en el área y en caso de no poder superarlas e incrementarse, afectado la vida del niño; acude al especialista: pediatras, psicólogos, terapeutas y orientadores en conducta pueden apoyarte.


Msc. Dayana Carrillo

Terapeuta Conductual

¿Contribuyes con el desarrollo de la independencia en tu hijo?

¿Hasta qué punto muchos de los padres, en su deseo, se convierten en el factor limitante de sus hijos?

Todos quieren tener hijos inteligentes, amigables y sanos en todas sus áreas. Todos pensamos en cómo hacerlo posible… cómo lograr que sea el mejor o el más saludable, el que tenga más amigos y destaque por sus habilidades… Sí!, todos deseamos eso… pero, ¿Hasta qué punto muchos de los padres, en su deseo, se convierten en el factor limitante de sus hijos?… Simplemente obsérvate… ¿Eres de los que anticipa los movimientos y deseos de tu hijo?, ¿Le haces de interprete dentro y fuera de la casa?, ¿Recoges, ordenas, buscas, todas sus cosas?, ¿Lo vistes y desvistes aun sabiendo que tu hijo lo puede hacer?, ¿Le haces la tarea porque… ay! La maestra no se va a dar cuenta y hay prisa para ir al mercado y el pequeño suele tardarse?, ¿Lo involucras en pequeñas tareas de la casa o no porque es muy “pequeño” todavía?, ¿Hermano, abuelos, tíos lo aman tanto, tanto, que… lo “ayudan” (hacen) en todo?… Obsérvate!. Muchas veces, padres y adultos significativos se involucran tanto, que terminan haciendo todo por el niño, teniendo éste la edad y la capacidad para poder hacerlo. Sólo observa y confía: en ti, en tu hijo, en lo que conoces de tu hijo y en su “capacidad” para poder hacer las cosas aunque al principio no salgan tan bien como esperas; recuerda que jamás se corre antes de caminar y todo tiene un proceso y un tiempo, recuerda que si no se enfrenta a situaciones cotidianas… no tendrá las herramientas para poder “hacer”, “resolver”, “decidir.

El desarrollo de la autonomía y la independencia son procesos que se inician desde la infancia, sin embargo muchos piensan que estos procesos se “alcanzan” con la mayoría de edad, siendo esta creencia completamente errada. Los especialistas en desarrollo evolutivo, demuestran en sus estudios que ambos procesos comienzan a desarrollarse desde la primera infancia, lo que implica “entender” que el bebe es un sujeto de acción que interactúa con el ambiente externo, contrario a la idea anterior de ser concebido como un “pasivo” receptor de estímulos.

Un bebe autónomo se caracteriza entre otras cosas, por tener iniciativa en sus acciones (Chokler, 2010), entendiendo que cuenta con herramientas perceptuales, motrices y psicológicas que contribuyen con el proceso de maduración y el contacto con su entorno. Estas herramientas serán utilizadas desde sus primeras experiencias y facilitaran el procesamiento y organización de toda la información.

Por otra parte y según la teoría de Vygotsky, es recomendable aplicar el concepto de “Participación Guiada”, que otorga especial importancia a la presencia, el “acompañamiento” y “reto” que el adulto puede ofrecer en el aprendizaje del niño, como factores fundamentales en el desarrollo cognitivo, toma de decisiones y resolución de problemas.

Cuando estamos delante de un adulto operativo, capaz de tomar sus propias decisiones y asumir las consecuencias de estas con responsabilidad, estamos ante un individuo que tuvo la oportunidad de desarrollar su autonomía e independencia desde la edad temprana y que contó, además, con la “participación guiada” (Vygotsky) de sus padres y adultos significativos. Sin embargo, en ocasiones padres, madres y parientes no saben cómo propiciar y contribuir a desarrollar la autonomía e independencia en los niños, por lo que compartiré algunas sugerencias que pueden ayudar:

1.- Propicia su interacción con el entorno: Los niños deben interactuar tanto  con sus grupos de pares como con su entorno, cuando se le permite desenvolverse, brindamos la oportunidad para que dialogue, comparta conocimientos y experiencias, desarrollando nociones de respeto, empatía, tolerancia y democracia. Por lo general los niños tienen un componente creativo importante, así como iniciativa para explorar el ambiente y participar en actividades acordes a su edad propiciando su propio aprendizaje, por lo que se recomienda permitir que exploren y conozcan su entorno con sus propias herramientas.

2.- Fomenta los valores: Los valores le permiten a los niños definir su proyecto de vida y reforzar creencias y valores existentes dentro de una sociedad (Novella, 2012). El contexto social es uno de los ambientes de mayor importancia para la adquisición de valores. La interacción con diferentes actores (hermanos, primos, vecinos, compañeros de clase) son más proporcionadas que con mamá y papá, por lo que el niño puede desarrollar nociones de negociación, empatía, solidaridad, igualdad, afecto así como la comprensión y el respeto de las normas sociales durante la interacción, incluyendo las actividades de juego y ocio.

 3.- Establece límites y reglas claras: Un factor fundamental es el establecimiento de límites y normas en los ambientes donde se desenvuelve el niño, especialmente en el ambiente familiar. Estas normas y reglas deben ser claras, justas, acordes a la edad del niño y mantenerse en el tiempo, sin variaciones determinadas por el estado de ánimo de mamá y papá. Es fundamental cumplir con esta recomendación que permite desarrollar en el niño procesos de autocontrol y autorregulación de conductas y emociones en los diversos contextos sociales en los que se desenvuelve (Ochaita & Espinoza, 2012). De igual forma, el establecimiento de límites y reglas permite también la interiorización de los roles y el respeto a la figura de autoridad; implica también que se permita el dialogo y el establecimiento de acuerdos en algunas reglas fomentando un ambiente democrático a través de la autocrítica (Climent, 2010). Una vez que se han interiorizado los límites y reglas el niño aprende a observar, actuar y anticipar las consecuencias de sus acciones, lo que le ayuda a conocer sus propios límites (Chokler, 2010).

4.- Estilo de crianza democrático: El estilo de crianza se refiere a los patrones de enseñanza-aprendizaje que utilizan los padres en su relación con sus hijos. De los cuatro estilos de crianza más conocidos, el democrático, es el que contribuye al desarrollo de la autonomía e independencia, de acuerdo con los especialistas. Se caracteriza por escuchar las necesidades y pensamientos de los niños, generando un clima de apoyo, afecto y equilibrio, adecuado con las normas en el hogar lo que facilita que los niños sean conscientes de las consecuencias de sus actos y puedan modificar sus emociones y conductas (Henao, Ramírez & Ramírez, 2007).

Queridos padres y adultos significativos… siempre que enseñamos a los niños a ser autónomos, estamos brindándoles la habilidad y las herramientas que todo ser humano requiere para poder desarrollarse de manera independiente y llegar a ser un adulto operativo, que ejerce su ciudadanía de manera positiva; toma sus propias decisiones y asume con responsabilidad la consecuencia de sus actos, contribuyendo a su desarrollo personal y social.

Nuestra mejor recomendación con respecto al desarrollo de la autonomía e independencia en los niños es tener siempre presente que debemos “educar” para la vida.

Evita hacer las cosas que sabes tiene la capacidad de hacer, deja que explore, experimente, permite que cometa errores y aprenda de estos, fomenta la responsabilidad con amor y equilibrio, haz que analice y reflexione sobre sus actos y enseña lo positivo de asumir las consecuencias.

Recuerda que por esta vía puedes hacernos llegar tus dudas y consultas… con gusto te responderemos

Msc. Dayana Carrillo

Terapeuta conductual.